El algoritmo del odio y el caso "Argentina"

¿Realmente el mundo estaba contra Argentina? Analizamos cómo la economía de la atención convirtió un Mundial en un laboratorio de indignación digital

Durante el Mundial de Fútbol de 2026, las redes sociales parecieron inundarse de publicaciones hostiles hacia Lionel Messi, la Selección Argentina y, en muchos casos, hacia el país en general. Videos virales, millones de comentarios y tendencias globales instalaron la sensación de que existía una campaña internacional contra Argentina. Sin embargo, la pregunta más interesante no es si esa campaña existió realmente, sino por qué ese tipo de contenido terminó dominando la conversación digital.

La respuesta no está únicamente en el fútbol. Está en el funcionamiento de la economía de la atención, el modelo de negocios sobre el que se construyeron las principales plataformas digitales del mundo.

El verdadero negocio de Internet

Durante mucho tiempo se creyó que las redes sociales competían por ofrecer la mejor información. Hoy sabemos que compiten por algo mucho más valioso: el tiempo de nuestra atención.

Cada segundo que un usuario permanece mirando una publicación representa una oportunidad para mostrar publicidad. Cuanto más tiempo pasa una persona dentro de una plataforma, mayor es el ingreso económico que ésta obtiene. En consecuencia, los algoritmos no están diseñados para seleccionar el contenido más verdadero ni el más útil, sino aquel que genera mayor engagement: comentarios, compartidos, respuestas, reproducciones y permanencia.

Aquí aparece una diferencia fundamental.

El algoritmo no distingue entre una reacción positiva y una negativa.

Para el sistema, un comentario que dice "Qué gran partido" y otro que dice "Esto fue un robo" representan exactamente la misma señal: alguien decidió detenerse, escribir y participar. Desde el punto de vista estadístico, ambos contenidos son exitosos.

Por eso puede afirmarse que el algoritmo no premia la verdad; premia la interacción.

La indignación es el modelo

Desde una perspectiva antropológica, este comportamiento tiene una explicación relativamente sencilla.

Durante cientos de miles de años, la supervivencia humana dependió de detectar amenazas antes que oportunidades. Ignorar un peligro podía costar la vida; ignorar una buena noticia rara vez tenía consecuencias graves. Nuestro cerebro evolucionó prestando una atención desproporcionada al conflicto, la injusticia y la confrontación. Este fenómeno, ampliamente estudiado por la psicología, recibe el nombre de sesgo de negatividad.

Las plataformas digitales aprendieron rápidamente esa característica del comportamiento humano.

Una noticia equilibrada genera algunas reacciones.

Una publicación que provoca enojo puede multiplicarlas por diez.

En consecuencia, los propios algoritmos terminan distribuyendo más contenido polémico porque es el que mantiene cautiva a la audiencia durante más tiempo.

Así nace lo que muchos investigadores denominan el algoritmo del odio. No porque exista un algoritmo diseñado para producir odio deliberadamente, sino porque el sistema descubre, mediante millones de datos, que la indignación resulta extraordinariamente rentable.

Cuando el odio genera ingresos

Este modelo también modifica el comportamiento de quienes producen contenido. Un análisis objetivo sobre un partido puede obtener algunas decenas de miles de reproducciones. En cambio, un video afirmando que "Argentina robó el Mundial" o que "Messi fue favorecido por la FIFA" tiene muchas más probabilidades de viralizarse.

Cada comentario indignado, incluso aquellos escritos para desmentir la publicación, aumenta su alcance.

Los creadores monetizan esas reproducciones.

Las plataformas venden más publicidad.

Los anunciantes obtienen más audiencia.

En definitiva, todos los actores económicos del sistema se benefician de una mayor interacción, independientemente de que ésta sea consecuencia de una discusión racional o de una pelea entre usuarios.

El odio deja de ser únicamente una emoción.

Se convierte en un producto.

¿Campaña organizada o efecto del algoritmo?

Aquí aparece una distinción esencial.

No existe evidencia pública suficiente para afirmar que la ola de mensajes hostiles contra la Argentina haya sido el resultado de una operación internacional coordinada. Sería metodológicamente incorrecto sostener esa conclusión sin pruebas.

Sin embargo, tampoco puede afirmarse que ese tipo de operaciones pertenezcan al terreno de la ficción.

Durante la última década se documentaron numerosos casos en los que gobiernos, consultoras políticas, organizaciones privadas y grupos de influencia utilizaron redes de bots, cuentas falsas, granjas de trolls e inteligencia artificial para instalar determinadas narrativas o manipular conversaciones públicas. El escándalo de Cambridge Analytica durante las elecciones estadounidenses y el referéndum del Brexit, las campañas de desinformación atribuidas a la Agencia de Investigación de Internet de Rusia, la utilización masiva de Facebook para incitar la persecución de la minoría rohinyá en Myanmar o las múltiples redes de cuentas automatizadas detectadas en procesos electorales de distintos países demuestran que estas herramientas existen, funcionan y ya han sido utilizadas con fines políticos y sociales.

La infraestructura tecnológica para desarrollar campañas de manipulación digital es una realidad.

Lo que permanece abierto, en el caso argentino, es determinar si la conversación fue consecuencia exclusivamente del funcionamiento espontáneo de los algoritmos o si, además, existieron intentos deliberados por amplificar determinadas narrativas.

Cómo se construye una narrativa

Las publicaciones más exitosas durante el Mundial compartían una característica.

No buscaban informar.

Buscaban provocar.

Entre las narrativas más repetidas aparecieron acusaciones sin pruebas sobre un supuesto favoritismo arbitral de la FIFA hacia Argentina, videos editados fuera de contexto para presentar gestos deportivos como actos de soberbia y montajes audiovisuales acompañados por subtítulos falsos o interpretaciones engañosas.

En muchos casos bastaba con que miles de usuarios respondieran indignados para que el algoritmo hiciera el resto del trabajo.

Paradójicamente, quienes intentaban desmentir esas publicaciones contribuían, sin saberlo, a incrementar su difusión.

La advertencia de Byung-Chul Han

Mucho antes del auge de la inteligencia artificial, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han advirtió que las redes sociales estaban transformando nuestra forma de participar en la vida pública.

En En el enjambre sostiene que la comunicación digital favorece reacciones inmediatas, emocionales y fragmentadas, mientras debilita la reflexión pausada. En Psicopolítica explica que el poder contemporáneo ya no necesita imponerse mediante la fuerza: consigue que las personas participen voluntariamente, produzcan datos y trabajen constantemente para el sistema creyendo que ejercen su libertad.

Su observación resulta especialmente pertinente para comprender el funcionamiento de las redes sociales.

El algoritmo no necesita obligarnos a compartir contenido.

Somos nosotros quienes, movidos por la indignación, hacemos gratuitamente el trabajo de amplificar aquello que la plataforma considera rentable.

Cada comentario, cada respuesta y cada discusión alimentan un sistema cuyo principal combustible es nuestra atención.

La verdadera forma de resistencia

Quizás la enseñanza más importante que deja el Mundial de 2026 no tenga relación con el fútbol.

Vivimos en un ecosistema digital donde la verdad compite en desventaja frente a las emociones intensas. El contenido que más circula no siempre es el más riguroso, sino el que mejor explota nuestros mecanismos psicológicos más antiguos.

Frente a esta lógica, la respuesta no pasa únicamente por desarrollar mejores sistemas de verificación o detectar cuentas falsas. También exige comprender cómo funciona la economía de la atención y reconocer que los usuarios somos una parte esencial de ese mecanismo.

La mayor victoria del algoritmo no consiste en convencernos de una mentira.

Consiste en lograr que millones de personas trabajen gratuitamente para él, comentando, compartiendo e indignándose.

Ninguna plataforma fue diseñada para difundir odio, pero todas comparten un mismo incentivo económico: cuanto mayor sea la discusión que produce un contenido, mayor será el tiempo de permanencia de los usuarios y, en consecuencia, mayores serán los ingresos publicitarios. Esa lógica convierte a las redes sociales en un terreno especialmente fértil para campañas de desinformación, operaciones coordinadas o simples estrategias comerciales basadas en la provocación permanente.

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